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16/2/26

La plaza en la distancia: Una faena de oído y corazón

Sensaciones de un oyene en Argentina de las trasmisiones taurinas en la FISS. Foto archivo: Wikipedia

***Aunque mis pies pisen otras tierras y mis manos escriban bajo otros cielos, mi corazón sigue siendo de arcilla tachirense y mis ojos —como dice mi libro— siempre seguirán mirando la arena de San Cristóbal

por: Moisés Cárdenas . .

Hay distancias que solo se acortan con el sonido. Mientras el sol de Argentina caía sobre mi ventana, mi mente volaba miles de kilómetros hacia el norte, cruzando fronteras para aterrizar en el albero de Pueblo Nuevo. No necesitaba estar físicamente en los tendidos de la Plaza Monumental de San Cristóbal para sentir el aroma del clavel y el rugido de la multitud; me bastaba con cerrar los ojos y dejar que la trasmisión de radio hiciera el milagro.

En esta época de dispositivos inteligentes y redes sociales, donde estamos inundados de imágenes rápidas y frías que se agotan en un segundo, la radio sobrevive como un refugio de pureza. La imagen digital es explícita, pero la radio es sugerente; nos conecta con el ser, nos obliga a imaginar y a construir el color de la tarde y la fuerza del viento en nuestra propia mente. Es una magia que no se toca, pero que se siente en la sangre. 

Por eso, quiero expresar mi más profunda gratitud al ingeniero César Omaña. Su transmisión de las corridas de la Feria de San Sebastián no fue solo un ejercicio de comunicación, fue un acto de generosidad cultural que nos devolvió la patria a través del oído. Gracias a su apoyo, tuve el honor de leer mi poema “Que Dios reparta suerte”, de mi libro Sus ojos miran la arena. Escuchar las corridas vibrando en el dial de 105.1 FM mientras los comentaristas describían la épica de la tarde, fue un regalo que reconcilia al aficionado con su destino. 

A medida que las voces narraban, yo veía a esos héroes de luces jugarse la vida en el redondel. Imaginé la espectacularidad atlética de El Fandi, ese veterano que domina los tercios con una energía inagotable; sentí la verticalidad y el orgullo de nuestro paisano Enrique Colombo, un titán que lleva la bandera del Táchira en cada muletazo; y vibré con la frescura valiente de Olga Casado y la entrega absoluta del tachirense Antonio Suárez. Verlos a través de la palabra fue un esplendor que ninguna pantalla de cristal líquido puede igualar, porque la radio no transmite datos, transmite latidos.

Estar lejos de San Cristóbal en días de feria es un sentir dulceamargo, pero transmisiones como esta logran que el mapa se doble hasta que el Táchira y la Argentina se toquen. Como escribí en mi reciente obra, Sus ojos miran la arena en la Fiesta Brava,  

“La arena extiende la muleta desde los toriles, / espera ser lidiado el toro. / Ella con temple busca el capote. /Cabalga la suerte.”

Esta pasión por la Fiesta brava fue la que persistió en cada tarde de feria. Gracias, Ingeniero Omaña, por ser el puente de plata. 

Gracias por recordarme que, aunque mis pies pisen otras tierras y mis manos escriban bajo otros cielos, mi corazón sigue siendo de arcilla tachirense y mis ojos —como dice mi libro— siempre seguirán mirando la arena de San Cristóbal, guiados por la voz bendita de la radio. Espero tener la dicha de estar en el terruño y abrazar a los paisanos, levantar el pañuelo y clamar, ¡olé!, en una corrida de toros. 

¡Que Dios reparta suerte, hoy y siempre!


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