Hay detrás de los secretos un arsenal de banderillas, porque los diestros de las monumentales plazas de toros anhelan los palos de colores de la suerte del segundo tercio, como si las edades estuviesen guardadas en aquella casa de Tovar donde vive Ramón Nonato Rísquez, viejo torero que se convirtió en la ceremonia misma de ser fabricante de banderillas. Lo dijo José Nelo «Morenito de Maracay» cuando de saberes se trataba: Manuel Benítez «El Cordobés» elevó los brazos al viento para colocar los batanes del arte de los tremendistas.
Es tema para hablarlo en una ronda de vino y recordar a Sevilla, entre Granada y Andalucía, y volver a la Monumental Plaza México, allá adentro, donde Leonardo Benítez llevó con amor las banderillas del «Negro» Rísquez —el diestro que se convirtió en edificador de ilusiones de colores—, entre los gritos, ¡por Dios!, al viento.
Desde Lima, en la plaza de Acho, o con Pepe Cáceres en la Santamaría de una Bogotá despierta, hasta Mérida en sus fiestas del Carnaval y San Cristóbal en su Feria de San Sebastián, de banderilleros solemnes con el albor de Bernardo Valencia, Manuel Escribano, Antonio Ferrera o «El Fandi»; y desde Francia, con Fabio Castañeda, «Poeta» y Jesús Enrique Colombo estremeciendo a las multitudes. Todo como un eco que va desde Táriba, de ventanas al río Torbes, a la Lobatera vieja y a La Grita de siglos.
En la oración a la Virgen de Regla, el artesano vive de los recuerdos mientras va construyendo las eternas banderillas para siempre de los maestros. Ayer, entre las cartas de la ceremonia de los recuerdos, vi al joven Hugo Domingo, el hijo de don Hugo Domingo Molina, en los tiempos de estudiante del Liceo Militar; me hablaba del viejo torero Ramón Nonato Ramírez Rísquez, quien desde Maracay recorrió pueblos y en la Cuernavaca mexicana fue amigo de Rodolfo Rodríguez «El Pana», ahí donde aún las huellas de Carlos Arruza dibujaban el secreto de Manuel Capetillo. Y Rísquez, con la ilusión de los años, continuará edificando las dichosas banderillas para las glorias taurinas del mundo.
Tovar, desde la Monumental de don Chucho Rosales Melani, dictará un homenaje al hacedor de la suerte que hace sonar los siglos. Y desde las eternidades, el artesano de las banderillas caminará por las calles de la preciosa ciudad del río Mocotíes para guardar los secretos con el corazón del pueblo.

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