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16/3/26

Dr. Alberto Ramírez Avendaño: Regaló sabiduría con la humildad de los grandes

En 2008 publicó "Otros Ganaderos Venezolanos" , y este: Atrevido, en noviembre de 2020

*** Un repaso difícilmente breve sobre la vida de quien fuera un gran médico veterinario, investigador incansable, docente universitario y protector del toro de lidia 

por: Jorge Cepeda . .

Hoy el campo venezolano está de luto. Se nos fue un amigo, un maestro: Alberto Ramírez Avendaño, el hombre que más sabía de toros en este país. Mucho se ha escrito de él, porque fue pionero de la cría de toros bravos en este país y era muy buen conversador sobre todo con los cronistas de esa época dorada de la Fiesta en nuestro país. 

Quise hacer un resumen de muchos que se han escrito sobre él para que disfruten de su afición; empezando  por este: Nunca negó un pitón a los que ya sabían como los Girón desde el mismo César y los noveles quienes siempre se inician en su primer proyecto con la ganadería Los Aránguez. 

Fue un gran médico veterinario, docente universitario, investigador incansable. Pero por encima de todo, el arquitecto genético de la ganadería Los Aránguez, donde desde 1968 —asociado con los hermanos Riera Zubillaga— construyó un encaste único con sangre de Santa Coloma, Martínez Elizondo, Paco Camino, Murube y Joaquín Buendía.

Sus visitas a la ganadería representaban lecciones sobre el cuido del toro de lidia


Quien visitaba Los Aránguez en Carora entendía por qué el Dr.  Alberto Ramírez Avendaño era especial. Allí sigue en pie aquel brete de madera argentino —donado por Antonio García, único en el país— que tanto admiró. Cuando lo montaron, el carpintero bromeó: "El que hizo esto, bien podría fabricar un avión". Y el Dr. Ramírez Avendaño contaba esa anécdota con orgullo, porque para él las cosas bien hechas, las que duran, merecían respeto.

En los corrales de tierra pisada se mantenía viva la costumbre de marcar a fuego, sin cajón de herraje, tumbando la res a pulso entre invitados y trabajadores. Una estampa de otro tiempo que él cuidó como un tesoro.

Allí estaba también el saloncito de trofeos, verdadera capilla de la historia taurina venezolana. En la entrada, desafiante, la cabeza —sin una oreja— del toro que toreó Pedro González "El Venezolano" en San Cristóbal. Entrar allí era repasar media vida de la Fiesta: César Girón, Juan Martínez López —aquel primer mayoral español que marcó a tantas ganaderías—, y decenas de nombres que Alberto recordaba con lujo de detalles porque él no solo criaba toros: Atesoraba memorias.

Hablar con Alberto era también entender que el toro bravo era un protector del campo. En Los Aránguez, entre cujíes y suelos áridos, encontraron refugio la culebra, el venado y hasta el burro salvaje, que en tiempos duros de pandemia estuvo a punto de desaparecer perseguido por el hambre. Era el guardián de todos ellos.

No fue un hombre de escritorio como muchos universitarios. Su sabiduría se forjó también en las tertulias, en los viajes, en los tentaderos compartidos con aquellos que, como él, soñaron con asentar la cabaña brava nacional. Fue entrañable amigo de Hugo Domingo Molina, aquel taribense excepcional, fundador de la Feria de San Sebastián y motor incansable de su conocimiento para impulsar  la cabaña brava tachirense que sembró antes Carmelo Polanco dejando un legado que han seguido sus hijos.

También cultivó una profunda amistad con Gerónimo Pimentel, otro de los nombres fundamentales en la organización y el impulso de la Fiesta en aquellos años dorados, con quien coincidió en las reuniones de la peña Los Amigos del Toro en el restaurante Cuchilleros de Caracas, donde se daban cita los grandes del toreo mundial.

Y como no recordar su cercanía con Fabio Grisolía, ganadero pionero de La Carbonera en los páramos de Jají, otro de esos visionarios que apostaron por el toro de casta en Venezuela. Fue precisamente Grisolía quien adquirió el famoso toro "Rumboso" de Reyes Huerta —aquel que indultara Nerio Ramírez—, y Alberto siguió de cerca ese proyecto con el interés del estudioso y el afecto del amigo. 

Con ellos, y con tantos otros, Alberto compartió la pasión, el conocimiento y esa generosidad tan suya para enseñar sin pedir nada a cambio. Su pasión por la cabaña brava trascendió su propio hierro. Acá en la llamada tierra llana en los límites del estado Mérida y Táchira, su pariente José "Cheo" Ramírez Cuevas fundó en 1982 la Ganadería Los Ramírez, con el mismo sueño de criar toros de casta. Y Alberto, generoso con su saber, acompañó ese emprendimiento con su consejo y su conocimiento, como solo un familiar y amigo puede hacerlo. Hoy ese legado continúa en manos de Ricardo Ramírez Mora, hijo, manteniendo vivo el apellido Ramírez en los ruedos venezolanos.

Su sabiduría no se fue con él. Tuvo la generosidad de dejarla plasmada en letra impresa. En 2008 publicó "Otros Ganaderos Venezolanos" , obra fundamental donde recoge la historia y el esfuerzo de quienes construyeron la cabaña brava nacional. Y en noviembre de 2020 llegó su último libro, "Atrevido: La pasión por el toro" , con prólogo de su gran amigo, Víctor José López "El Vito". En sus páginas condensó décadas de estudio, defendió la importancia de la ganadería brava como defensora del ambiente y dejó plasmadas sus vivencias en Los Aránguez. Hoy ese libro se convierte en su testamento intelectual para las futuras generaciones de ganaderos, veterinarios y aficionados.

Hace unos años, después de una vida entregada al estudio y la cría del toro bravo, Alberto decidió retirarse a descansar. Se apartó del trajín diario de los corrales, pero jamás se apartó de la pasión. Seguía al tanto, seguía leyendo, seguía opinando con esa autoridad que solo dan los años y el conocimiento verdadero. Su casa siguió siendo lugar de consulta obligada para quienes necesitaban entender algo del toro que solo él sabía explicar.

Hasta que este 14 de marzo de 2026, en su Caracas se apagó su luz. Tuve la suerte de compartir muchos buenos ratos. En cada conversación regalaba sabiduría con la humildad de los grandes. Me enseñó que el toro se mira con los ojos, pero solo se entiende con el corazón y el estudio. 

Paz a su alma.

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